jueves, 21 de abril de 2011

VÍA CRUCIS

Un sol tibio endulzaba la tarde entre el pinar. Desde lo alto, ascendidos que fueran los casi interminables escalones, se divisaba la amplia avenida, allá abajo y los peregrinos que transitaban tranquilamente, algunos hacia el Monte Calvario, otros con ignorados rumbos.



A este Vía Crucis de la Tercera Edad, ya por comenzar, se fueron uniendo plateadas o desnudas cabezas, adoloridas piernas, vidas arrugadas, tiempos, tiempos, muchos tiempos, muchas vidas.



Una pequeña cruz encabezaba el lote de un enjambre de oraciones musitadas algunas, altisonantes otras y el megáfono que indicaba en cada Estación los rezos y las dolorosas situaciones que viviera N.S. Jesucristo. Allí me percaté que no recordaba muy bien el Padre Nuestro, mejor el Ave María y poquísimo de lo demás. No obstante, comenzaron a venir a mi mente, como cuando siendo niño las decíamos  a dúo con la abuela Ramona o cuando en la pequeña parroquia las recitaba tan de memoria que me daba tiempo a mirar las figuras estampadas en las paredes o entretenerme con los rayos de sol que ingresaban, intrusos, por los vitrales de las reducidas ventanas.



La ascensión se hacía un tanto dificultosa, a veces por lo empinado del sendero, otras por las rocas salientes y las más por el lento movimiento de aquellos tantos años que portaba cada uno de los feligreses. A mi derecha una señora obesa con gruesas gotas de sudor sobre su rostro, a mi derecha un anciano con bastón que pese a ello demostraba bastante agilidad. Delante, dos mujeres con pañuelo a la cabeza, comentaban sobre el hermoso paisaje que se podía admirar desde allí, aunque –claro estaba- no era el momento.



Una brisa otoñal, impregnada de aromas de pinos y eucaliptus bailoteaba a nuestro alrededor. Se me ocurrió pensar que el tramo que unía cada Estación era como esos momentos felices de la vida, entonces venían a mi memoria mi niñez, mis viejos, quien fuera mi esposa, mis hijos, mis nietos, mis amigos, hasta mi enamoramiento y se me escapaba una leve sonrisa.



Nuevamente a rememorar cada uno de los flagelos sufridos por N.S. Jesucristo hasta llegar a la cima, su Crucifixión, su Muerte, su Resurrección.



Y allí estaba yo en lo más alto del cerro, a mi frente la enorme cruz, a mi izquierda el Santo Sepulcro y mis oraciones que ya se diluían en el atardecer.



Aunque no lo creas, se siente como un renacer y al volver mi mirada hacia abajo, donde los peregrinos deambulan por esta Semana Santa en las activadas calles de mi ciudad, es como una luz de paz, serenidad y esperanza que brilla ahora en cada cosa y en cada rostro.



Felices Pascuas, queridos amigos.



Derechos reservados por Ruben Maldonado.

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