martes, 21 de junio de 2011

AQUEL LOCO LINDO

Canturreaba estrofas de una canción de cuna,
un tango incompleto con versos de Gardel,
su chaqueta pobre y su alma a los vientos,
en tanto la llovizna se ponía  horizontal.

Cruzaba la avenida con andar de gacela,
dejando a su paso un halo de emoción,
en cada mesa ofrecía un ramo violetas
y una estampita humilde de rara santidad.

Una acostumbrada gusa, un frío visceral
de ayuno obligado  en cada amanecer,
hacía caso omiso a los platos servidos
con una sonrisa dulce y un canto a media voz.

Volviendo en un momento a recoger lo poco,
sólo unas moneditas e indiferencia atroz,
sus ojos dos gorriones que salpicaban niebla
y un piropo bonito a una muchacha en flor.

Y se escribió un verso en sus anchas solapas,
ajeno a la barahúnda de marchas piqueteras
brincaba entre canteros repletos de violetas,
con saltos de alegría y bullicios de color.

Era la primavera en su esencia  sin mal,
era una primavera de nunca terminar,
allá se fue el loco lindo con su ternura inquieta,
su sombrerito  suizo y su pantalón de “yin”,

entre un manto blanco de palomas al vuelo,
batir de mariposas pintadas con crayón,
risas de campanario, las bocinas con tos
y el semblante adusto de la gente al pasar.

Y se metió en un grafiti, al pie del arco iris,
cantando suavemente esta simple canción:

Te amo todavía,
clavada está tu risa
aquí en mi corazón,
yo tengo tu mirada
guardada en un bolsillo
y si no lloro ahora
es por no hacer llorar.

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