sábado, 18 de junio de 2011

EL MENDIGO Y SU FELICIDAD.


Desde hacía una semana, todas las mañanas, a la misma hora escuchaba una armónica bellamente interpretada. No sabía de dónde venía.

Un buen día me dispuse a averiguarlo. Esperé en la vereda, pasó una señora con su carrito de compras, un niño jugando con una pelota, un gato, un mendigo con dos perros, varios trabajadores. 
En unos minutos apareció la armónica. Era el linyera. Lo escuché un rato en una preciosa  canción, muy bien ejecutada. Volví a mi poesía pensando, mañana lo voy a seguir.

Así lo hice, al día siguiente lo seguí. Cruzó la calle, llegó a la florería. Allí una señorita muy sonriente le acomodó un clavel rojo en la solapa y el mendigo agradeció besando su mano, sin sacarse el sombrero ni dejar la bolsa que llevaba sobre su hombro derecho. Salió y se sentó en un banco de madera, entre las flores, extrajo de su bolsa un viejo grabador del que comenzó a sonar un hermoso blus. Aclaró su garganta, revolvió nuevamente dentro de la bolsa y sacó, ahora una armónica comenzando a acompañar la música.

Al principio (parecía), tímidamente. Luego con toda su inspiración puesta de manifiesto. Al finalizar la ejecución, buscó en el bolsillo de su saco un cigarrillo apagado por la mitad y lo encendió. Se le notaba una paz en el semblante realmente llamativa.

Unos minutos después guardó todo, tomó su bolsa, llamó a sus perros y partió, tarareando algo así como un vals. Lo perdí de vista y retorné a mi casa.

Los siguientes dos días lo observé. Hizo lo mismo. No pude con mi curiosidad y me senté a su lado mientras él fumaba su medio cigarrillo. Ni me miró cuando le pregunté, como un idiota,  si se sentía feliz, porque así lo parecía. Observando el humo del  cigarrillo o las nubes, me contestó: “Mirá hermano, este es mi momento y claro que soy feliz”. (Me gustó que me tuteara, aún siendo menor que yo, se le notaba).

Le pedí si me podía aclarar eso. “Sí. Yo vengo, busco mi clavel, toco una canción y fumo un pucho, es mi momento de felicidad. Pero, ojo, que luego camino una cuadra, hasta la veterinaria en donde le largan alimento a mis pichichos, toco un tango y sigo hasta la otra esquina, en donde la señora de la rotisería me da unas empanadas que sobraron de anoche o un pedazo de carne. Toco ahora un vals y sigo”.

“Hermano: sigo juntando esos momentos y hago un momento grande. Como cada uno de esos momentos son mi felicidad, al fin del día tengo una enooorme felicidad, me entendés?” Claro, claro, le dije, sorprendido y mirando sus brazos todavía abiertos como abarcando toda la tierra, todo el cielo, toda su felicidad.  

Desde ese día vengo a ver y escuchar su pequeño momento de felicidad. Casi no hablamos y él siempre mira las nubes o el humo de su cigarro.

Acá llueve mucho y cuando ello ocurre el linyera no aparece. Eso me entristece porque no podrá juntar sus trocitos de felicidad y no tendrá ese día su felicidad enooorme.

(Ni yo el pedacito que me corresponde. Hoy llovió todo el día). 


Derechos reservados por Ruben Maldonado.

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