lunes, 20 de junio de 2011

LA EFÍMERA BELLEZA Y LA BELLEZA OCULTA

En la tórrida tarde del desierto patagónico, una flor silvestre pavoneaba
su belleza a la sombra de un matorral. A su lado una insignificante piedra,
semienterrada y oscura.

El paisano, buscando las huellas de algún chivo extraviado se apeó de su
caballo y junto a él su pequeño hijo hizo lo mismo.

Casi a igual tiempo el hombre y el niño se fijaron en la flor y en la piedra.

El hombre arrancó la flor, pensando en su amada y el niño desenterró la
piedrecilla pues algo le había llamado la atención. Quizás los rayos del sol
que en ella ahora se posaban y que también agobiaban a la flor.

Siguieron su camino. El pequeño limpiando una y otra vez su piedrita y el
hombre abstraído en su tarea. 

Llegando a su humilde casa, el padre miró la flor: había perdido toda su
hermosura, marchita y sin vida. La arrojó sin dilaciones. “Efímera belleza”, se
dijo para sus adentros.

El niño, sonriente, besó a su madre le mostró la piedra inquiriéndole “¿No es
divina?”

Corrió a lavar la piedrita y la llevó a su habitación, en donde tenía un frasco
lleno de piedras de colores sumergidas en la claridad del agua.
Delicadamente la depositó junto a las otras y su brillo se mostró en todo su
esplendor al rayo de los últimos saludos del sol. La sonrisa del pequeño se hizo
más grande aún.

Sin pensarlo, había descubierto la hermosura de lo oculto en la simplicidad de una
piedra, en contraste con la fugaz belleza de la flor que había encandilado a su
padre.

Derechos reservados por Ruben Maldonado.
(Safe Creative Certificado Propiedad Intelectual 1106199500846)

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