miércoles, 6 de julio de 2011

AL INFIERNO

Un momento de distracción, eso fue. Unos pantalones rellenos de
encanto femenino se habían cruzado, descarada y provocativamen-
te delante suyo y él que iba a atravesar la avenida. Miró con ligereza
el semáforo, creyó ver la señal de avanzar y se equivocó. Sintió una
frenada, un golpe tremendo sobre su humanidad y gritos, muchos
gritos y gente, mucha gente que se reunía a su alrededor. Lo último
que divisó fue la figurita que siempre le pareció simpática de unos
autos italianos de cuatro letras. “Y he muerto, aquí en la calle sin más
ni más”, pensaba, mientras una somnolencia le atrapaba. Algo le decía
que debía ir hacia ese túnel blanco y así lo hizo. Transitó un largo tre-
cho y se cruzó con varias personas sin rostro, o no se les distinguía la
cara y que sin embargo denotaban (no sabía cómo ni por qué) una
insatisfacción, hasta desazón diría. Había una curva en el túnel;  él
siguió sin saber adónde iba a llegar, pero allí estaba y se confirmaba
su presunción: la puerta del Cielo. Un fondo celeste como nunca ha-
bía visto, unos angelitos que revoloteaban graciosamente entre las
nubes y un señor vestido con una bata blanca que tenía una  barba
también blanca. Lo miró, tipeó en una computadora absolutamente
blanca, tomó un sello sin articular palabra y en una hoja blanquísima
imprimió una palabra, grande, legible, alcanzándosela acto seguido.
Él la miró y se quedó estupefacto. Iba a protestar, a decir algo, a exi-
gir una explicación, mas el señor ya no estaba, ni estaba el escritorio
ni la computadora, solamente el fondo celeste hermosísimo que se le
venía encima, empujándolo hacia el camino por donde había entrado.
Desandando la senda blanca y con el fondo celeste cada vez más cerca,
tuvo tiempo de volver a leer el papel con un sello enorme en donde
había solamente  una palabra. Ahora entendía a la gente que cruzara
anteriormente y que llevaban en sus manos ese bendito escrito.
Ya el túnel no era túnel de nubes sino la escalera ascendente de una
salida de subte. Y allí en la avenida, su cuerpo. No había otra alternativa
que volver a él y así lo hizo. Inmediatamente, terminada la ensoñación,
despertó entre los aplausos y vítores de la  gente, mientras repetía “es-
toy bien”, “estoy bien”.  Se incorporó sacudiéndose la ropa y volvió  a
la vereda. Es decir, volvió al infierno en que vivía, caminando lentamen-
te y mirando de vez en cuando el papel blanco en el que se iba borran -
do paulatinamente el sello de RECHAZADO (tal vez al mojarse con sus lá-
grimas).

Derechos reservados por Ruben Maldonado.

(Safe Creative Certificado Propiedad Intelectual 1107069624587)

1 comentario:

  1. uf!muy bueno!!es verdad que no habría que buscar al infierno en otro lado más que acá en la tierra!!

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