sábado, 23 de julio de 2011

LOS CAMINITOS.


                Allá por las décadas  de los 40-50, cuando Cutral Có –mi pueblo- era una incipiente localidad en un ámbito absolutamente agreste de  la estepa neuquina, la vinculación con Plaza Huincul –mi lugar natal- se hacía por un ancho camino de tierra de unos dos a tres kilómetros de extensión.  En las cercanías de esta última población, YPF había establecido las viviendas para profesionales (especialmente), técnicos y empleados, dentro de un octógono fiscal que las autoridades habían fijado para preservar la naciente explotación petrolífera. Orillando uno de los lados de la imaginaria figura geométrica,  creció Cutral Có, en donde se asentaron obreros y empleados de categoría menor al adecuado para tener el privilegio del vivir en los “campamentos” de la empresa estatal, en donde se disponía de comodidades  tales como agua corriente, luz eléctrica, gas, etc.  “La última calle” que coincidía con el límite preestablecido, se llamaba Circunvalación;  y digo última porque la demarcación  impuesta  hacía que el caserío se desplegara  hacia el poniente,  encerrado entre las vías férreas y un zanjón que surcaba  la parte sur. De allí hasta  Plaza Huincul, nada más que desierto.
                En realidad la primigenia población de “Plaza” (como aún le llamamos), por  quedar dentro de la citada zona, estaba  impedida de progreso: en aquellos tiempos tenía una sola calle que corría de este a oeste y varias transversales con una o dos cuadras de construcción.  El zanjón, el mismo que bordeaba Cutral Có y  por el que corría raudamente el agua de escasas pero impetuosas tormentas  y el ferrocarril, también incidían en la prolongación del pueblo, que era largo y angosto,  con numerosos  baldíos que interrumpían la continuidad edilicia.  YPF construiría las residencias oficiales a partir de los alambrados que encerraban  los predios ferroviarios, pero bajando de la loma en que el equipo “Patria” descubriera petróleo en 1918; alrededor del  “pozo N°  1” se instalarían las dependencias y oficinas de la compañía.  
                En el ingreso a Plaza Huincul, (hablo siempre teniendo en cuenta que  lo importante para nosotros estaba al este, por ejemplo la ciudad de Neuquén) YPF había instalado un moderno –para su  época- hospital y allí nació  la mayoría de los integrantes de mi generación y más también, por ser hijos de empleados del ente estatal.
                Ante la precariedad de su subsistencia,  los habitantes de Cutral Có debían  dirigirse forzosamente a la vecindad aledaña, tanto por razones de salud como para otras actividades,  dado que los mencionados “campamentos”  contaban  con proveedurías, cine, club social y lugares de esparcimiento.
                Flanqueando  aquella senda terrosa que aludía al principio, el continuo andar  de bicicletas había emplazado un caminito cuyo recorrido  era una verdadera fantasía para quienes lo transitaban.
                Se demostraba la baquía en el manejo de las “bicis”, sorteando pequeños arbustos (a los que denominábamos “montes”), desniveles, zanjas que cruzaban  transversalmente y hasta postes de energía eléctrica, soportando la polvareda que levantaban autos y camiones.  El encuentro de frente con  otro vehículo (obviamente de características similares al nuestro, otra cosa no cabía),  nos hacía apelar a las mejores maniobras para esquivarlo, aún cuando la visibilidad no era impedimento, salvo en la noche o en aquellos días neblinosos de invierno. Otros senderos similares surcaban el páramo en diagonal, desde un poco más al sur del anterior, desembocando siempre en la calle principal del pueblo contiguo. Transitando por ellos, la infantil  inventiva  nos transportaba a carreras imaginarias, persecuciones inexistentes y hasta luchas indefinidas con seres monstruosos. Extenuados, al llegar a destino, eran diversas las sensaciones que podíamos sentir: miedo, si los monstruos casi nos daban alcance, alegría por resultar vencedores de una carrera  internacional o satisfacción por finalizar de perfecto modo el pasaje de los obstáculos…Casi me animaría a decir que fuimos precursores del “bicicrós”.
                Pensar que en la actualidad son llamadas  “bicisendas”.

Tandil, 28-12-2008


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