viernes, 14 de diciembre de 2012

UN DÍA EL AYER ERA TAN POCO...



Un día el ayer era tan poco
que alcanzaban dos manecitas para contenerlo.
Cantaba el viento entre silvestres flores,
y se subía al médano
a  corretear  desde el arbusto gris
al tamarisco seco
y  desde el tamarisco seco
al arbusto gris. 
Se hacía remolino veraniego
con danzantes papelitos blancos
en lo alto
y  luego bajaba  a despeinarnos
y  a bailar con los crisantemos.
Sin ningún apremio pasaban las horas
los días y los meses,
la gente era enorme
y el camino era tan largo
como lejos estaba el horizonte.
De a poco se fue abriendo el cortinado
que cubría realidades.
Entonces se comenzaba a comprender
que no todo era felicidad,
que el mundo era más grande de lo imaginado
que no  había campos de girasoles
al final del pueblo
(sólo desierto y más desierto),
y que sí habían inentendibles lágrimas por caer
y dolores que quedaban atrapados en el pecho .
El camino se veía más corto
y  el horizonte se nos venía encima.
Es que de pronto todo se volvió premura,
apenas un beso de años,
una caricia de un invierno largo
y las pequeñas muertes debajo de la alfombra.
Ahora - sí, ahora-, todo se sosiega.
Y vuelven a ser lentas las horas,
los días, los meses y los años,
como un avance a desgano
hacia la anchura de un mar petrificado,
hacia el naufragio final en la honda noche.

Derechos reservados por Ruben Maldonado.

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