domingo, 6 de septiembre de 2015

ESTA BENDITA COSTUMBRE DE ESCRIBIR (TE).



Cero y un minuto.
La vida comienza otro día
aguijoneando ausencias
y remendando alegrías.
La luna que estaba ya no está
y al fondo veo solamente bichitos
de luz, anaranjados o amarillos
(unos pocos rojos). La ciudad y sus calles,
la gente y sus gentes están cerrando
los párpados.
No quiero levantarme hasta llegar
al final.
Después de todo me siento cómodo
escribiendo. Escribiéndote.
Aunque tenga pocos argumentos,
justamente  porque la luna ya no está
y las estrellas brillan por su ausencia.
Por cierto, me vino a la memoria aquella vez
cuando a hurtadillas te robé la luna
que dormía en tu pupila
e  hice mías las estrellas de tu risa.
Nunca me arrepentí y ahora las tengo
en el fondo de un poema que habla de bosques,
de violines, de mares con frío,
de campiñas con sus cardos florecidos.
Los guardo en mi minúsculo
país de los sueños
y a diario les abro una ventana
con cristal de primavera,
cuidando que no se escape
el aroma de jazmines.
Es tarde ya. (Siempre fue tarde, lo sé)
La noche va encerrando los silencios
en sus estuches y yo voy a asomarme
a la puerta para sentir en el rostro
aquel viento del que alguna vez hablamos.

Cero y cincuenta. El  vecino sube atléticamente la escalera
y retumban sus pasos como un son de guerra.
No sé si me podré dormir.

Derechos reservados por Ruben Maldonado.  

(Imagen de la web)

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